Suena el despertador.
Salgo de un hermoso sueño donde estoy rodeada por aquellos que amo.
Siento tanta alegría de estar con ellos, risas y abrazos, me
siento acompañada...feliz.
La alarma suena y mi cuerpo hace lo que tiene que hacer. Me levanto,
lleno el balde, me baño y alisto. Agarro mi mat y me aventuro
a la oscuridad de la noche.
Llego al shala y mi mente todavía está dormida.

De nuevo la salida del
baño de hombres...la verdad, qué más da. Mis preferencias han disminuido considerablemente en estas tres
semanas de práctica. Mis pretensiones se han suavizado y casi
desaparecido.
Baño de hombres OK.
Practico junto a una querida amiga y su energía y compañía me ayudan a pasar
por el túnel oscuro de los arm-balances. Cuando salgo es como si se
abriera un claro en el bosque: Purna Matsyendrasana y Viranchyasana A y B
se sienten fáciles, igual que los handstands finales, el escorpión y el
catching.
En el baño de mujeres desenrollo mi alfombra todavía en la oscuridad de la
madrugada. Afuera los primeros pajaritos se despiertan y todo es
silencio. Mis brazos van a explotar. Me relajo y entro en un
savasana profundo. No sé cuánto rato estoy ahí.
A pesar de la intensidad de mi práctica diaria aquí en Mysore y de todos los
obstáculos mentales que pueda estar sobrepasando para hacerle frente a una
serie y tres cuartos de la otra, realizo que esto es un juego de niños
comparado con la vida.
Esta vida única y efímera en la cual podemos pretender ser alguien que no somos
o definitivamente y de una vez por todas aceptar y soltar todas nuestras
pretensiones de imagen, forma o color. Todos estamos apegados a miles de
etiquetas que hemos inventado para no sentir el dolor de estar vivos. La
incertidumbre diaria. Las posibilidades abiertas de catástrofes a cada
instante, dolorosas y no dolorosas.
Recuerdo hace siete años, estaba sola por aquí en Mysore, acababa
de salir de una relación muy mediocre y me sentía libre y feliz, lista
para escribir mi futuro con letras de oro. En medio de tal high,
recibí un correo de Costa Rica de alguien que quería practicar conmigo.
No le contesté. Era un viejo amigo y de alguna forma, mi alma creo
que anticipó una catástrofe. Regresé a Costa Rica, no lo llamé.
Pero terminó llamándome e invitándome a almorzar.
Catástrofe matrimonial.
Podría decir que mi segundo matrimonio y tres niños terminó con mi práctica de
Tercera Serie que iniciaba precisamente en ese momento. Se trajo todo
abajo, desde los mismos cimientos. Quedé en un descampado donde no
sabía quién era sin mi práctica, no entendía este cuerpo que crecía y
decrecía sin mi control y tampoco podía comprender las ramificaciones a futuro
de semejantes acontecimientos.
Y aunque en el momento pareció catástrofe, en los últimos siete años he
encontrado el yoga más profundo y difícil de todos. He tenido que
abandonar mis pretensiones de ser la mejor yogini del mundo, la más
fuerte y flexible. Todo se lo llevó el tsunami de mis tres pequeñitos.
En su lugar quedó un cuerpo destrozado, física y energéticamente.
Una especie de trapo que tuve que lavar con cuidado y tender al sol de la
mañana. Curar sus heridas internas y con mucha paciencia y cariño
hacerle saber que estaba bien sentirse tan mal. Que estaba bien sentirme
defraudada, perdida y sin rumbo. Que estaba bien no poder hacer
cosas que antes podía fácilmente hacer en mi alfombra.
Tuve que decirle a mi mente que estaba bien que todo se atrasara. Que los
tiempos del amor no son siempre los tiempos del ego. Que estaba bien
asumir nuevas responsabilidades familiares después de muchos años de criar a mi
primera camada.
Y estaba bien también abrirme a la posibilidad de amar de nuevo.
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| Mariela Cruz |
El precio de este nuevo amor no lo anticipé nunca. Mi práctica, con
la cual estaba totalmente identificada, dejó de ser mi escudo protector.
Mi auto-imagen de yogini perfecta quedó perdida entre pañales, teta
y malas noches. Mi cuerpo controlado dio paso a un monstruo en forma de
ballena que tres veces se llenó y vació de formas inconcebibles. Y la
vida se abrió paso a través mío: vida hiriente, plena y devastadora todo
a la vez.
La transformación que anhelaba vino pero no en la forma que yo creía.
Y aquí estoy, retomando donde dejé. Sintiéndome torpe, inútil
y desfasada. Viviendo algo que tenía que haber sucedido hace 5 años
según mis planes, no aquí y ahora, tan tarde. Y a
pesar de toda esta alharaca mental que me dice continuamente: "y si no hubieras ido a almorzar con él aquella vez...", a pesar de ella
encuentro en mi práctica dura y estéril, desierto sin agua salpicada por
dolor constante, encuentro pequeñas luciérnagas de serenidad sublime que
nunca pude conocer en ese entonces.
Mi alma estaba demasiado tapada por imágenes irreales de un yoga que percibía
sólo en la dimensión física. Un yoga que de alguna forma contribuía a
ensalzar mi ego. Pero tenía que pasar por el filtro arrollador de tres
embarazos y el molino del amor para realizar esto.
Hoy sentí por primera vez la serenidad sublime de saber que cada paso que me ha
traído hasta aquí ha sido perfecto. Mi mente todavía se queja de lo que
pudo haber sido, he aprendido a oírla hacer su pataleta y mientras tanto,
yo me dedico a saborear las gotas de sudor y sangre que hacen de mi mat mi
lugar preferido en este mundo.
Y sobre todo, las luciérnagas.
http://namastecostarica2012.blogspot.com.es
MARIELA CRUZ