El secreto de mi felicidad está en no esforzarme por el placer, sino en encontrar el placer en el esfuerzo. ANDRÉ GIDE

01 marzo 2015

DHARANA. LA CONTEMPLACIÓN RELAJADA

Concentración (dharana) es la única de las tres últimas etapas del Raja Yoga de Patanjali que queda en cierto modo bajo control consciente y para la que solo es necesario continuar el impulso inicial de enfoque de la atención en el punto elegido. Podemos compararla con el impulso con que un buen cantante arranca una nota, que luego aguanta y sostiene gracias a la corriente de la respiración, al diafragma y otros músculos. Por poner otros ejemplos, imaginemos el salto a una piscina desde el trampolín o el salto del patinaje sobre hielo. Las etapas más profundas de la Contemplación y la Autorrealización no son algo que se pueda ejercer a voluntad, sino que descienden hacia nosotros por una especie de Gracia, después de haber puesto en marcha una buena y profunda capacidad de atención. Si comienzas pensando «Voy a hacer esto» o «Voy a hacer lo otro», regresarás al punto de partida, es decir, al torbellino mental de tus pensamientos.
El control de los sentidos (pratyahara) precede a la concentración. De igual forma que una tortuga retrae la cabeza bajo su caparazón, así también retiras tú la atención de los objetos sensorios externos. Los sonidos y sensaciones internes ocupan entonces el lugar de los estímulos exter­nos —estímulos tan poco familiares como picores, hormigueos, gorgoteos del estomago, los latido; del corazón, el roce del aire por las fosas nasales y la tráquea, de todo lo cual hay que abstraerse también.
La técnica del pratyahara es tan conocida para el místico cristiano como para el yogui hindú. Así lo expresa el Maestro Eckhart:

El mejor y mayor logro de esta vida es permanecer tranquilo y dejar a Dios que actúe y hable en ti. Cuando se han retirado todas las fuerzas de sus funciones y formas corporales, es cuando se pronuncia esta palabra. Y dice así: «En medio del silencio se me dijo la palabra secreta». Cuando seas capaz de retraer tus facultades y olvidar cosas e imágenes, cuanto más te olvides, por así decirlo, de la criatura, tanto más te acercaras y te sensibilizaras con todo esto.
Aquí, el alma se dispersa en sus poderes y se disipa en la actividad de cada uno de ellos: el poder de ver esta en el ojo, el poder de oír está en el oído, el poder de gustar en la lengua, con lo que sus poderes para el trabajo interior se van debilitando proporcionalmente, pues las fuerzas divididas son imperfectas. Por tanto, para que su trabajo interior sea efectivo, ha de recurrir a todos sus poderes, reuniéndolos desde la dispersión de las cosas externas hacia una acción inte­rior única.
Para llevar a cabo esta acción interior, han de acumularse todos los poderes propios, por así decirlo, en un rincón del alma, donde, al margen de las imágenes y de las formas, se pueda trabajar y es en este silencio, en esta quietud, donde se oye la Palabra.
En la meditación concentrativa, la atención se fija en una sola cosa. Si el rayo (mental) se va tras un sonido o una idea, haz que vuelva y repose en el objeto de meditación. Cuando aparezcan pensamientos sin ilación, observa la especie de reacción en cadena que mediante una asociación de ideas, puede conducirnos a varios minutos de ensueño involuntario. Se deduce que la meditación concentrativa es un entrenamiento valioso a nivel práctico, al poner en marcha un río de atención utilizable después en el trabajo y en las actividades de la vida en general. La facultad mental de concentración se fortalece con la práctica. «E1 genio es la concentración», dijo Schiller.
Dharana es limitar la atención a un punto. Es concentración sin tensión. Nada de cerrar los puños, ni apretar los dientes, ni fruncir el entrecejo. El yogui, cuando hace meditación, debe dar una imagen de relajada serenidad, aunque este dándose por entero a la meditación concentrativa (la totalidad del individuo con plena atención). No hay que pensar en los resultados, ya hemos visto en el capitulo anterior cual debe ser la actitud correcta para la meditación.
En la costumbre popular, concentrarse significa aplicar razonamiento discursivo a un tema elegido, excluyendo todos los pensamientos irrelevantes y trabajando concienzudamente en los importantes. El campo de atención se convierte en un círculo pequeño; pero, dentro de ese círculo, el pensamiento está trabajando intensamente. La concentración yóguica (Dharana) es un asunto muy distinto, pues reduce el torrente de pensamientos a uno solo, al objeto de la atención, para mantenerlo allí imperturbablemente. El objeto de la atención carece de importancia, pudiendo ser algo de lo más trivial. No es que sea el hecho de tener un solo pensamien­to en el contenido mental (citta) tan importante como para tener que dejar al resto de los pen-samientos, sino que el método de preservar una percepción única en la mente se utiliza para acallar completamente los pensamientos. Cuando se sostiene sin esfuerzo, como flota en el aire la suave nota de un buen cantante, ese surco único que atraviesa la calma mental se desvanece gradualmente como la mueca de la cara de Cheshire, el gato de Alicia en el país de las maravillas. En una conferencia de prensa que dio en Londres el Maharisni Manesh Yogui describió esta técnica como «sacarse una espina con otra espina».

Algunos escritores del tema del Yoga explican ejercicios preliminares que consisten en que el meditador  piensa en todos los aspectos distintos del objeto de meditación hasta que se  hayan agotado todas las líneas de pensamiento relacionadas con él. Después mantiene la mente fija. En Occidente se cree que la concentración consiste en pensar fijamente en un objeto y lo relacionado con él  y solemos practicarla bastante; pero  hasta el principiante debería abordar directamente la dharana propiamente dicha, que consiste en mantener fija la atención.
El Dr. Kovoor T. Benahan, que emprendió la práctica del Yoga en la India con un famoso maestro a fin de evaluarlo científicamente, afirma:


Otro camino abierto al yogui para alcanzar su extraordinaria meta es el de la concentración, en el que la atención se fija en un punto. Si se escoge una flor como objeto de concentración, no se considera su tamaño, su peso ni cualquier otra cualidad, sino que se reduce mentalmente a un punto y se guarda en la mente como una mera idea. Cualquier pensamiento acerca de las cualidades o las relaciones de los objetos solo conduce a una concatenación interminable de ideas, que es precisamente lo que el yogui quiere evitar. Los yoguis afirman que la concentración en un punto,  aunque pueda parecer árida, es lo suficientemente dinámica como para alcanzar niveles de consciencia profunda.

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