03 mayo 2014

LA NECESARIA ECUANIMIDAD

El hombre debería aprender a mantenerse ecuánime. Con el fuego de la ira a sus inferiores les hace superiores a sí mismo.    RALPH WALDO EMERSON

   Si alguna vez estás a punto de estallar, de perder el control, de herir a alguien con tus palabras, recuerda, aunque sólo sea en un momento de lucidez, que tú mereces ser dueño de ti mismo y no perder la oportunidad de calificarte con un "10" en sosiego y en paz interior. Corta en seco la furia desatada de tus pensamientos, realizando 10 inspiraciones-espiraciones profundas, lentas y todo cambiará en breves instantes, dentro y fuera de ti, para tu bien.

   Es fundamental tener bien presente las consecuencias negativas, el precio que nos vemos obligados a pagar al dejarnos llevar por los impulsos de la cólera: no vemos claro, porque la ofuscación mental nos impide obrar de forma razonada. El enfado y cualquier reacción airada nada construye, sólo destruye y perjudica al que se enfada.


   Buen antídoto contra la ira son sus contrarios: la calma, el hablar pausado y sereno, la actitud relajada, la respiración lenta y profunda y el sentido del humor. Además, el evitar la reacción iracunda inmediata, reactiva y explosiva, tratando de retrasarla en lo posible, suele ser una excelente medida. Mediante la dilación nos enfriamos emocionalmente y damos tiempo a que llegue algo de cordura y de sensatez a nuestra mente.
   Si conseguimos superar la necesidad imperiosa de dar una respuesta descontrolada y con la misma carga destructiva de rencor o de rabia de nuestro oponente, nos haremos con los mandos de nuestra propia reacción y serenos capaces de posponer la cólera para otro momento.
   Existe la ira justificada ante las injusticias y la maldad. No hay que confundir al que sabe controlar la ira, con quien no monta jamás en cólera porque se parapeta con la astucia y la vileza de las peores intenciones y traduce la ira contenida en maldad de la peor calaña contra aquel que odia.


   Si la ira se desata en tu pecho porque alguien te hace mucho daño, te irrita, te menosprecia o te saca de quicio, imagínate a esa persona que te crea esos problemas, como un niño que gatea y ni siquiera sabe andar todavía, o como un anciano decrépito que no se vale por sí mismo. Sentirás que tu ira deja de rugir, tu rostro recupera la serenidad y en tu boca se dibujará una ronrisa de comprensión, que te devolverá la paz y el sosiego de tu espíritu.
                                                                                
                                                                                 Aprendíz de sabio  BERNABÉ TIERNO

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